cromets #de gossos

cromets
de color
de col.lecció
navegants
contacta
arxius
 


Dimecres, 16 d'agost

El que resta del dia


forest Ahora estoy tendido sobre la mesita de vidrio y me veo a mi mismo curiosamente, por debajo y por encima, como si hubiese conseguido una visión doble, o por lo menos una doble perspectiva, la cabeza blandamente apoyada sobre una de las patas anteriores, la otra proyectada hacia adelante como queriendo afirmar todavía el peso del cuerpo. El Doc recoge sus trebejos y toma el maletín. Junto a la puerta de cristales, saluda a Pa muy serio y hace intención de decir «nunca en la vida había visto a un humano tan disgustado por la pérdida de un gato» (a este Doc son muchas las cosas que nunca le han pasado en la vida). Pero luego lo piensa mejor y se limita a estrecharle la mano con fuerza a Pa antes de salir. Apenas cerrada la puerta de cristales, Pa empieza a hacer muecas extrañas con la boca: «Buu, buuu». Y le brotan de los ojos unas cataratas de agua tales, que las de la niña Angélica de hace tantos años habrían parecido modestas. A decir verdad, si le quitáis el gato al Gatomo, ¿qué queda? Un hombre, o mejor, si se me permite dada la confianza que tengo con él, un pobre hombre, privado de la poderosa componente imaginativa y contemplativa que tenía gracias a su conjunción conmigo. Juntos, éramos un individuo superior. Separados, yo quedo de este lado, encerrado para siempre en mi remota inmovilidad, y él de ese otro, convertido para siempre en un hombre del montón. Se ha roto el encanto, el ser prodigioso y finito. Tarde o temprano, él tendrá que resignarse a la mediocridad cotidiana, por mucho que le duela.

Vaga por las habitaciones, llorando. En un momento dado se detiene y se sorprende pensando que llora como lloró por su padre y su madre. ¡Menuda barbaridad! Llorar por un gato como por su padre, o lo que es más, como por su madre. Pa querría contenerse, recobrar la compostura: ¿qué extraña locura es ésta? Pero no puede evitar que esas lágrimas, esa angustia, ese llanto, no sean para nada diferentes sino iguales a aquellos otros. ¿Es que hay llantos diferentes de otros? No, todos los llantos, todas las lágrimas son iguales, desde las del crío que berrea porque ha perdido el chupete, hasta las aparentemente inmotivadas del anciano que mira hacia atrás y contempla todo cuanto pudo ser y no fue (y de pronto se le saltan las lágrimas, entre el estupor de los que le rodeaban charlando de esto y de lo otro, es decir de cosas que en realidad no importan a nadie). Lo mismo que el afecto, el dolor no puede dividirse en raciones como una tarta. Es la percepción lancinante, irremediable, de una pérdida, sea de un gato o de un padre o una madre. Como siempre, Pa se siente confortado por el rigor del razonamiento, pero en vez de calmarse y tranquilizarse, ahora que ha descubierto de qué se trata vuelve a llorar con más desconsuelo que antes. Sí, Pa llora la pérdida, esa pérdida, o quizá la Pérdida con mayúscula, que se produce cada vez que desaparece una cosa -cualquier ser vivo o incluso objeto inanimado- que antes se hallaba ahí, y desaparece, desaparece para siempre, ¿me entendéis? iPara siempre!

El día anterior Pa había comprado un par de zapatillas deportivas. Va al armario en busca de la caja de cartón. Comprueba que es sólida, bien trabada, adecuada. Me introduce procurando no descomponer la postura en que ha quedado mi cuerpo. Ata la caja con una cinta roja de envolver dulces. Toma la pala, y los dos salimos en dirección a la linde del bosque, allí donde las encinas y los olivos casi se tocan, pero atentos a no confundirse porque, aunque sean amigos y muy amigos, también son diferentes, muy diferentes.

Excava un agujero profundo, me baja delicadamente y lo rellena de tierra, para cubrirlo finalmente con unos pedruscos. Finalmente, se enjuga el sudor y se queda de pie, apoyado en la pala. Ahora ya no tiene ganas de llorar, porque la fatiga empuja su organismo en otra dirección (como ocurre, ¡ay!, en todas las facetas de la vida). Por último regresa a casa, arrastrando la pala tras de sí...(pgs 198-201)

Alberto Asor Rosa: "Historias de animales y otras vidas"

broc 3:19 PM
 


Dimecres, 2 d'agost

Temps retrobat

Alberto Asor Rosa: "Historias de animales y otras vidas"


histórias de animales y otras vidas Están también los placeres que cultivamos y disfrutamos juntos, y ésa es otra cuestión. Después de comer Pa suele tumbarse en un sofá. Coloca los pies sobre el apoyabrazos y empieza a pasarse por las narices, una a una, esas extrañas hojas que al comienzo de nuestra convivencia extendía sobre el suelo de mi habitación creyendo que con eso me facilitaba la vida. Desconozco también la finalidad de este ejercicio. Sólo puedo aventurar la hipótesis de que, al abanicarse con esas horas se levanta una leve brisa cuya utilidad consiste en propiciar esa relajación de los sentidos que tiene algo que ver con el placer. En cualquier caso yo, tan pronto como él adopta esa feliz postura horizontal en la seguridad de cómo va a terminar la cosa, salto ágilmente sobre él y me acomodo sobre su barriga. Al poco, los movimientos de las manos que vuelven esas hojas inútiles se hacen más lentos, la respiración de Pa se sosiega y se alarga, y sus tejidos animales, que yo noto perfectamente a través de las ropas, se relajan. Hasta que llega el momento en que las hojas se le caen de las manos y Pa se queda dormido, con la boca entreabierta. Y en ese mismo instante (apenas en una fracción de segundo, podéis creerme) yo también me quedo dormido. Y poco a poco, mientras dormimos de esta manera, el uno sobre el otro, me voy hundiendo en su barriga, voy entrando en sintonía con su sistema nervioso (y él con el mío), como si formáramos parte de un mismo cuerpo.

Permanecemos así durante un tiempo incalculable (finito o infinito, ¿quién sería capaz de decirlo?), el uno sobre el otro, mejor dicho, el uno en el otro, respirando exactamente al mismo ritmo, el ritmo de las cosas que están en paz juntas, Micho Negro y Pa, Pa y . Micho Negro, hombre y gato, gato y hombre, hombregato, o para ser más precisos todavía, Gatomo, el prodigioso personaje de las leyendas medievales, dotado de inteligencia felina y de sentimientos humanos (o por lo menos yo lo entiendo así), que por primera y única vez en la era moderna (mejor dicho, posmoderna según algunos de los sabihondos amigos de Pa) recuperan la unidad después de su dolorosa y milenaria separación para revivir la misma existencia primordial que seguramente precedió a la división de la especie.

Invariablemente, él y yo tenemos, o mejor dicho, el Gatomo tiene un sueño recurrente, en sustancia siempre el mismo para él y para mí, aunque bajo formas distintas puesto que, al fin y al cabo, nuestros cerebros siguen separados y diferenciados incluso dentro de esa unión. Pa sueña que empuja hacia una abertura estrecha para salir, pero no obstante sus esfuerzos no lo consigue y se queda dormido. Y al dormirse, sueña que empuja hacia una abertura estrecha para salir, pero no obstante sus esfuerzos no lo consigue y se queda dormido. Y entonces, sueña que... Yo, en cambio, sueño que me he quedado dormido sobre la barriga de Pa, donde está el Micho Negro soñando que duerme sobre la barriga de Pa, donde estoy yo soñando que duermo sobre la barriga de Pa, donde está el Micho Negro...

Este modesto Nirvana posprandial a dos es el máximo placer que soy capaz de concebir. Para Pa, que es el otro protagonista, no lo sé y como ya he dicho, tampoco me importa. Para mí es suficiente que me conceda benévolamente su barriga, a fin de que yo pueda sumergirme en ella como en un mar de la Tranquilidad. Sin él, en una palabra, yo no podría hacerlo, y también por eso le quedo agradecido. Pero tampoco él, me parece, podría prescindir de mí si pretendiera seguir siendo algo más de eso que es; eso que, en resumidas cuentas, es poca cosa. Por consiguiente, nuestra unión es algo más que la suma de los dos seres por separada. Al principio éramos diferentes, o llegamos a serlo después. Pero en el sueño, y no lo olvidemos, únicamente en el sueño; éramos iguales y complementarios al mismo tiempo. No el gato y el hombre, sino (repito) el Gatomo. Un fragmento de vida por aquí y otro por allá, pero de una misma vida. Además, ambos lo sabíamos. Y ninguno de los dos lo olvidaría nunca. (pgs 41-43)

broc 12:49 AM